~ Marzo 22, 2013
Un ex agente
cubano de inteligencia, quien se llama (o se hace llamar)
“Hernando”, presumiblemente radicado en Estados Unidos, acaba de revelar un
dato muy importante: las relaciones entre Nicolás Maduro y los servicios de espionaje y
subversión de la Isla son anteriores a los contactos entre La Habana y Hugo Chávez.
Según “Hernando”, Maduro se formó en la “Escuela Ñico
López” del Partido
Comunista de Cuba a
fines de los años ochenta. Se puede encontrar su declaración enYouTube.
Basta con escribir en la barra “Hernando Ex
Agente de Inteligencia”, o
entrar al canal de YouTube “Universo Increíble”.
Es muy fácil de localizar.
Es muy fácil de localizar.
A juzgar por esta información, Nicolás Maduro es mucho más que un simpatizante de la Revolución
cubana o un
trasnochado marxista radical, platónicamente enamorado del comunismo: es un viejo colaborador de la inteligencia castrista.
Por eso Raúl Castro convenció a Hugo Chávez de que
éste era su heredero natural. Maduro formaba parte del grupo. Era uno de ellos.
Aparentemente, lo detectó y reclutó un hábil
apparatchik cubano llamado Germán Sánchez,
sociólogo y ex embajador de Cuba en Venezuela, quien tenía a su cargo penetrar,
organizar y conquistar al riquísimo país petrolero, algo que logró con
habilidad por su trato peligrosamente agradable.
Años más tarde, Sánchez cayó en desgracia por las
intrigas de la burocracia cubana. Raúl Castro no se sentía bien con él. Le
parecía demasiado “intelectual” e independiente. Lo imaginaba como un apéndice
de otro dirigente que había perdido su confianza: Manuel Piñeiro, “Barba Roja”, jefe del Departamento
de Américadel Partido Comunista, el gran foco subversivo de la
revolución.
Pero había otro factor en la destitución de Sánchez:
Raúl Castro quería controlar directamente las relaciones con Venezuela. Si la Revolución
dependía de esos subsidios, no era sensato dejar estos vínculos en manos de
alguien en quien no confiaba.
Eso quiere decir que Maduro, cuando se estrene como
presidente electo, tratará de“radicalizar el proceso” por recomendación de La Habana. ¿Qué
significa esa expresión? Quiere decir que abandonarán
las pocas formalidades democráticasque subsisten invocando la
necesidad de “salvar la Revolución” de las traiciones y el acoso de los
enemigos del pueblo.
Cuba no puede correr el riesgo de perder unas
elecciones o un referéndum revocatorio en Venezuela. Un subsidio de 13 mil millones de dólares anuales,
incluidos 115 000
barriles diarios de petróleo, es un botín demasiado jugoso para
dejarlo escapar por un capricho de la aritmética.
Además, no sólo Henrique
Capriles sabe que “Maduro no es Chávez”. Raúl también comparte ese criterio.
Chávez, por las torcidas razones que fueren, era un caudillo que conectaba con
el pueblo y tenía las bridas de las instituciones esenciales. Maduro, por mucho que se empeñe en imitar al líder muerto,
es otra cosa. Otra cosa opaca y densa que no despierta más
emoción que la vergüenza ajena.
¿Cómo se maneja al pueblo para que obedezca y
transite dócilmente hacia el control social total? Como siempre se ha hecho:
mediante el miedo a los castigos, junto a la falsa ilusión de que los
indiferentes no serán molestados y podrán continuar sus vidas sin graves
inconvenientes.
En 1933, cuando los parlamentarios le entregaron
todo el poder a Hitler tras la quema del Reichstag, estaban confiados en que
las cautelas legales protegerían a los alemanes del establecimiento del
totalitarismo. Sólo tardaron 52 días en descubrir su error.
El parlamento alemán dictó una Ley Habilitante y Hitler, en pocas semanas, desmontó la democracia
liberal de la República de Weimar. A partir de ese punto, a
palo y tentetieso el Führer controló toda la autoridad y comenzó a prepararse
para la guerra mundial y el exterminio paralelo de judíos, gitanos,
homosexuales, minusválidos, y de toda persona que empañara el destino luminoso
de la raza aria.
El señor Maduro sin
duda dispondrá de la Ley Habilitante, como antes sucedía con Chávez. Sólo
falta que alguien incendie el Parlamento o genere cualquier pretexto para
liquidar la farsa para siempre. O al menos, por un buen número de años. Eso es
lo menos que La Habana espera de su hombre.
Vincent T. Boffill
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